Correspondencia con Joel Ubeira
¿cuándo muere un analista?

Rosario, 15 de julio de 2026
Partidas de diván[1]
Sofía/Eva y viceversa:
Comenzaré esta carta a sabiendas que la misma incrementa la serie de las que se han enviado ustedes y recientemente han sido publicadas como un libro[2]. Además, les escribo pues a su tiempo también he sido de esos analizantes para los cuales la vida de la persona que sostenía el lugar de analista se ha agotado. Celebro la aparición del texto, de los textos, de la insistencia textual pues a la actualidad del psicoanálisis le falta la afectación por el trabajo analítico en quienes escriben. Esa afectación por el análisis la encuentro en la agilidad de su prosodia, se nota que han entrenado su oreja. Despejado el apartado de los elogios quiero dedicarme con rigor al tendido epistolar. Hasta donde entiendo el mismo preserva, respira, el rango de movimiento para lo analítico ya que en la redacción de las cartas aparecen preguntas que por sí ameritan un despliegue procedente del interior de las cartas como fuera de éstas. So pretexto de extensión me concederé algunos minutos para enfatizar lo que me planteo al día de hoy en lo que respecta al lugar de la correspondencia en el marco de la relación del psicoanálisis con la escritura. La metapsicología entendida como la puesta en tensión de las nociones argumentales provenientes de la clínica entre los practicantes del psicoanálisis; y el caso o historial clínico que mueve a la suspicacia por su “contextura física”, son los géneros escriturales por excelencia. Sin perjuicio de lo cual en la correspondencia – usanza en Freud no así en Lacan – se halla la aparición, puesta a prueba, condiciones de perdurabilidad, hasta la derogación de operadores según su mutación que luego integran el andamiaje nocional respondiendo a inquietudes eminentemente postuladas por el quehacer habitual a la vera del diván que posteriormente pasan a integrar el andamiaje nocional. Esto a mi juicio también se halla en el libro. Cito algunos ejemplos mientras que les dejaré a ustedes las respuestas que le fui concediendo a medida que las tenía ante mí:
- ¿Qué es, qué se hace en un análisis? Se trata de un ofrecimiento para alguien según el cual le sea posible dejar de cagarse la vida con lo mismo de siempre, es decir, interrumpir el destino. De qué manera, es sencillo. Si el analista no hace obstáculo a que para alguien el Otro se vuelva extranjero, es decir, que ya no habite su lengua, que al escuchar esas palabras pronunciadas no tengan la musicalidad que les es propia. Que el/los significantes pierdan potencia de determinación. En definitiva, ese es el duelo que propone un análisis. El de un Otro que como pasatiempo tiene el ser el autor intelectual de nuestro infortunio cuya existencia estriba en una mera suposición fantasmática (que se le diga aristocráticamente “atravesamiento del fantasma” sólo encubre el efecto).
- ¿Qué se hace con los recuerdos, en que se nota su traza? Sin lugar a dudas este texto que confirman es una elaboración de los recuerdos de un analista – voy a retomar esto en mi pregunta a su texto en un rato -, esta elaboración es la que permite que no haya sentido común del analista. Que Sofía tenga el suyo, Eva el suyo, de hecho es una de las preguntas que una le lanza a la otra en una de las cartas. Si el analista pasó a formar parte del patrimonio del ayer del analizante – a todas luces como analista de elección – sienta las condiciones para que si hay otro que vaya al lugar de analista luego, quien lo elija pueda preguntarse qué lugar le hará ocupar ahora.
- ¿Cómo se le paga a un analista luego de tanto tiempo de escucha? Esa es su pregunta que leo como un resto sintomático puesto que el síntoma es una manera de pagar por hacer otra cosa con la libido como es colocarla en el terreno de la sustitución de las satisfacciones. Entonces, ustedes preguntan cómo se le paga a alguien que ha habilitado el hacer otra cosa diciendo que el pago ya está hecho y no es necesario más.
- ¿Por qué se analiza alguien? Coincido con ustedes que alguien no se analiza de por vida, si fuera el caso el análisis sería una defensa contrafóbica respecto de la vida y el analista quizá el parapeto. Ubico el momento en que alguien toma la opción de tenderse en el diván y estar en entrevistas del siguiente modo. La coordenada para la tentativa de análisis es que la vida cotidiana se haya desolidarizado de lo posible. Razón por la cual se ingresa ahí para recuperar lo que una de ustedes llamó un resto de vida. Concluyo mi dirección hacia ustedes con mi pregunta al texto como les decía hace un ratito. El texto menciona a un Bruno que tuvo la insolencia de morirse sin decir adiós, el analista. Ahora bien, en simultaneo aparece el supervisor, el del grupo de estudio… ¿sigue siendo en esos lugares el analista? Si hay lugar para la muerte de un analista no es otro que la escena analítica ya que allí se juega una partida que una ve concluida reconduce el deseo afuera de la neurosis al tiempo que efectúa una gradación en los afectos de cada uno de los partícipes. ¿Un analista muere? Creo que ustedes han hecho aquí eso que Derrida escribió de muy buena manera en las memorias para su amigo Paul de Man. Se hicieron interlocutoras de la muerte para cada una de la persona de su analista.
Saludos
Ubeira Joel. Alguien que hace el esfuerzo diario por no llegar a ser un secanuca o mamader de Lacan.
PD: “Maldita mudanza” con Camilo Echeverry (por los vaivenes narrados en la temática del texto); “Tenemos universo de sobra” (por la relación de amistad entre ustedes); “Me sucedes” (por la afluencia de los recuerdos). Son tres canciones de mi cantante malagueña de elección, Vanesa Martín, a las que como ella lo dice en otra de sus letras, me llevo el libro y amenizan de buena manera con él. No soy lo suficientemente contemporáneo para decirle a esto “una playlist”.
Colombia, 6 de agosto de 2026
Querido Joel:
Te escribo esta correspondencia porque me he interesado al recibir la tuya; alguien que desconozco, alguien en quien reconozco un interés por el psicoanálisis.
Enviar una carta, sacar la carta, armar la carta, encontrar la coartada, encontrar la carta robada. Los cimientos del psicoanálisis se postulan en correspondencias.
Un psicoanalista no tiene carta de ciudadanía. Un psicoanalista puede seguir algunos lineamientos de tratamiento, como: posibilitar la asociación libre, preguntar dónde no se lo espera, no apresurarse de antemano con su teoría. La construcción de un saber que se puede obtener en una experiencia de análisis no es algo que esté garantizado de antemano. Se cree que hay posibilidad de que el analista pueda leer eso, cuando su escucha por los significantes que aparecen y desaparecen en el discurso del paciente está en modo off de los suyos propios, cuando además su “saber hacer” con las volteretas del lazo transferencial le han dejado medio invicto. Aún más, cuando la apuesta del analista no solo es hacia el psicoanálisis sino hacia ese sujeto que recibe, e incluso así es sin garantías. Interesante práctica la nuestra… despojarnos de ideales grandilocuentes manteniendo la apuesta. Del lado del paciente, se cree que hay posibilidad del juego analítico cuando este supone que hay algo a descifrar en su historia, en su decir, cuando cree que hay alguien que puede hacerlo, que hay alguien que sabe sobre eso que le falta. El analizante busca un lugar en el analista, cuando esto se habilita, algo nace, florece alguna correspondencia, se verá a posteriori cómo los papeles y las letras se arman y desarman, se verá aprés-coup qué cartas quedan.
De tu carta tomo la pregunta: ¿cuándo muere un analista?
Intento corresponder.
Un analista muere para un analizante cuando este primero le ha amado, se le ha amado en su saber. Muere quien estando en ese lugar, ha apostado no solo en poder descifrar ese saber construido, sino que además ha trabajado en su propia caída. Claro, no muere con su partida física, esto más bien potencia su presencia. ¡Tantas formas de caer, tantas formas de morir! Caer, decaer, desfallecer en el oficio tienen como consecuencia alguna transformación de la transferencia. Por ahora, creo que la muerte del analista procede cuando el lazo de amor se ha debilitado. Me imagino de las buenas formas, es decir, cuando algo se ha “cerrado”, “cambiado”, cuando las lágrimas de la repetición se han juntado ya no para hacerse amar por él, cuando se han evaporado las cenizas de algún “mal”, cuando se han construido otras eróticas en el cuerpo, en el decir. El lazo de amor está en juego al final de la partida. Queda el ¿cómo, cuándo, dónde? Operaciones de la clínica. Muere cuando se le ha dicho adiós. No estoy segura de que sea un cerrar la puerta para siempre, queda el trabajo, algunos afectos, una historia, y sobre todo un hacer con eso. Cuando ya no hay más para decirle a quién ocupó ese lugar, al menos no de la misma forma.
Últimamente en las noches vuelvo a un libro, hoy encuentro la cita “curioso oficio el del analista, que opera en pos de su propia destitución, clavándose la fosa…”. [3]
Mil gracias por esto que suscitaste.
Ximena
Rosario, 9 de agosto de 2026
Ximena:
Esta tarde de domingo mi memoria es un dechado de retornos a partir de la lectura de tu carta. Aquí te pongo al tanto de la manera en que funcionan algunos de ellos.
El analista es una formación estructural del dispositivo analítico en dos tiempos (al song de la acometida de la sexualidad en Tres ensayos).
Un primer momento es ese en el cual su estatuto es el de una construcción rubricada a dos manos entre quien va a ser paciente y su síntoma, allí va al lugar de la suposición de un saber. Las coordenadas del segundo momento están dadas cuando el analista pasa a ser un resto, un producto del tiempo en el que habrá habido análisis (como esa frase que mora en El acto analítico, no hay vida privada, habrá vida habiendo sido analizada). Es además un embajador de la carta robada según la circulación que le diera E. A. Poe y no Lacan.
Acude a mí ese joven Alejandro Sanz sentado al piano para con mayor o menor ligereza de sus extremidades superiores tocar “Lo ves”. Ha de resultarte extraño, lo sé, más no te aflijas, me explico con uno de los versos del cantante: el análisis puede adquirir el ritmo de la relación entre dos amantes. Bien decís vos que el analista muere toda vez que el paciente deja de amar el saber o la falta de saber así como cuando ambos están dispuestos a dejar caer esa suposición con la que se sostuvo analista. Será entonces cuando se pueda asistir a la siguiente escena:
Después nos hemos vuelto a ver alguna vez y siempre igual, como dos extraños más que van quedándose detrás. Este extraño se ha entregado hasta ser como las palmas de tus manos, y tú solo has actuado, y yo aun sabiendo que mentías, me callé. Y me preguntas si te amé, ¿lo ves? Y aunque lo había adivinado y tú sigues sin creer que se ha acabado…. por una vez escúchame… míranos aquí diciendo adiós.
Ubeira Joel
[1] Titulo la carta con un nombre de duelo del título que no fue para el libro de Fiorella Litvinoff y Ximena Guerrero.
[2] El libro al cual se refiere es: duelarse, una correspondencia psicoanalítica editado por Letra viva en 2026.
[3] De Olaso, J. (2024). Asuntos del deseo. Ediciones Manantial.



