Correspondencia con Marta Gómez
acerca de la música

Querida Marta:
Te conocí en mi juventud, yo vivía en Buenos Aires cuando cierto día fui invitada a tu concierto en el Teatro Coliseo, te presentaste junto a Jorge Fandermole. Debo confesar que me impactó en gran medida estar ahí, escuchar tu dulce voz, las historias que viven en tus canciones, los instrumentos de viento, la gran acogida y pasión del público argentino con vos. Todo un acontecimiento. Salí sintiéndome más joven, me hice fan, una sensación adolescente. Salí reproduciendo mil veces tu canción “Confesión”.
Me sentí muy identificada ya que compartimos el mismo origen: Colombia.
Con el paso del tiempo volví a pensar en vos para este nuevo proyecto que encaminamos con Fiorella. Gracias Marta por aceptar nuestra invitación de dialogar en cartas.
Naciste en Colombia, más específicamente en Girardot, viviste en Boston, New York, Barcelona. En una entrevista mencionaste que te sentís más latinoamericana que colombiana, supongo que habitas en la diversidad cultural. ¿Cómo cambia el concepto de patria cuando se la habita o deshabita desde la elección de vivir en otro país?Me resultan curiosos algunos detalles que has compartido: en tu familia no hay músicos, aunque hay personas que acompañaron tu elección, hay del ruidito materno en tu dormir infantil, hay de la disciplina musical en tu infancia. ¿Cómo se sostuvo ese deseo de hacer música habiendo nacido en una familia donde no existía una tradición musical?
Reconoces que la potencia de lo que haces tiene que ver con el aire, que alguien crea en lo que cantas, no solamente por el significado de las letras sino por la fuerza en eso que no se toca pero se siente, ese vigor en la manera de cantar. ¿Hay algo que nos puedas compartir en eso que es tan tuyo, esa manera de hacer sonar las palabras y que como todo debe tener una historia?
Por último, algunas de tus letras tienen un fuerte contenido político, comprometido ¿Qué lugar crees que ocupa la música en una sociedad atravesada por conflictos políticos, sociales, económicos?
Celebro escribirte, celebro que tu voz y tu música hayan tomado tanto vuelo, que ese aliento sea un canto a la vida, a lo cotidiano y complejo de una sociedad.
Un saludo afectuoso.
Ximena
Hola querida Ximena, un gusto estar conectadas.
Yo nací en Girardot Cundinamarca, porque mi papá tenía una empresa familiar que expandieron a Girardot. En esos dos años que estuvieron allí nací yo. Crecí en Cali y estuve ahí hasta los quince años. Luego me fui a Bogotá y estuve hasta los diecinueve. Partí a estudiar a Boston, Nueva York, Barcelona y desde estas tierras te escribo.
Migrar ha sido parte de mí desde mi nacimiento. Siempre me fue fácil mudarme, cambiar de sitio, hacerme amigos y hacer comunidad, aunque a esta altura de mi vida me costaría un poco más.
Para mí la patria se lleva adonde uno vaya si es el deseo. Hay mucha gente que llega a España y a los cuatro meses ya se siente español, habla con la zeta y se olvida de su raíz. Hay otras formas, por ejemplo, unos amigos de mis padres que viven en Canadá desde hace cincuenta años siguen aferrados a sus costumbres colombianas, llevan su sombrero vueltiao, conocen su país de origen de derecho al revés, lo aman y respetan. Entonces creo que es una elección.
Yo me siento colombiana pero fundamentalmente latinoamericana. Nunca me había sentido latina en Colombia, eso lo sentí cuando viví en Estados Unidos. Cuando vivía en Colombia no tenía amigos peruanos, ni brasileros, no conocí argentinos, ni siquiera inmigrantes. Cuando uno sale a vivir afuera conoce nicaragüenses, mexicanos y te meten en un paquete que puede ser molesto, pero a mí eso me gustó porque vi lo que tenemos en común entre latinoamericanos. Este sentimiento latino lo experimenté en una escuela de música donde asistíamos estudiantes desde distintas partes del mundo. Ahí noté que la música tiene una raíz común muy profunda en tierras latinas.
Actualmente me he acercado mucho a Colombia a través de Casa América Cataluña donde hay eventos de escritores latinoamericanos y fundamentalmente colombianos. Claro que siento nostalgia estando lejos. ¡Cómo no! Desde aquí veo la política de mi país desde otra perspectiva. Es cierto que uno romantiza el país cuando está lejos, pero también se lo critica más duro porque uno vive otra realidad. Yo vivo en una sociedad donde no pago por la educación de mi hijo ni por la salud, por eso voto por el progresismo y quiero lo mismo para mi país porque lo vivo acá y veo que es posible.
Me encanta la pregunta de cómo sostuve el deseo musical aún en un entorno donde nadie había seguido ese camino. Creo que lo más importante fue el respeto de mis papás. Ellos entendieron que a mí me apasionaba la música desde bebé porque yo cantaba todo el día. En lugar de pensar que era un capricho, me llevaron a una escuela musical a estudiar piano y canto. Sin esos primeros actos creo que no hubiese podido. Para mí eso es muy bello. Mi mamá fue la primera que me llevó a las clases de piano, de técnica vocal, a concursos. Yo cantaba en la televisión, en un coro en Cali, en un nivel profesional desde que era niña. Yo digo que soy la primera generación de músicos de la familia (porque mi hijo es músico).
¡Qué difícil ubicar dónde está la potencia de lo que uno hace! Lo bello es que no tiene explicación, eso no se entiende, eso es lo maravilloso del canto y el arte en general. No se sabe. Yo pienso que hay algo que está en el aire, es una voz que no es pura voz. Yo supongo que es el alma. Lo que nos gusta de un músico es el alma y esa alma conecta con otras almas.
Hay tantos productos hoy en día con la inteligencia artificial o artistas que son creadas como máquinas: “Esta canción funcionó vamos a replicarlo, esta persona es bonita vamos a intentar que sea famosa” y al final no pega. Por ejemplo, con Karol G todos apostaron que la canción con Shakira iba a ser un hit pero la canción que más trascendió de ese disco fue “Mañana será bonito”, una canción que casi no la dejaron subir a su disco porque era tierna, muy diferente a su estilo sexi y justo es la más bonita del disco. Esa canción no tenía instrumentos, solo un arreglo vocal hecho por un músico que se llama Juan Andrés Ospina que hizo toda la base vocal al estilo de Bobby McFerrin. Eso es lo bello del arte: no lo puedes programar.
Yo pienso que hay un aire en mi voz, hay alma, una necesidad de cantar. No es que solo me gusta y eso es lo que la gente ve y valora.
A mí me gusta pensar que la música y el arte tienen un contenido político, pero no toda la música fue creada así. Hay música preciosa para divertirnos como la salsa, el merengue, el reguetón o para relajarnos como los cantos tibetanos o las canciones de cuna que ayudan a calmar a las madres y dormir a sus bebés. La música nos acompaña en el día a día, para hacernos la vida más fácil. Hay música para todo, pero en mi caso la música que más me gusta es la música que tiene un contenido social y poético. Necesitamos belleza. Vivimos en un mundo muy duro y el arte es el que nos saca, nos salva de cierta realidad personal y mundial. Me gustan las canciones que cuentan historias acerca de la gente trabajadora.
QUE LA MUSICA SIRVA PARA UN RESPIRO.
Dentro de este arte político hay distintos lenguajes: unos pueden ser más directos, concisos y crudos como Edson Velandia que es un artista nuevo; otros más poéticos como el de Víctor Jara o más tiernos, como mi canción “Para la guerra nada”. Eso es lo bello, se pueden hacer canciones desde distintas esquinas. ¿No es hermoso escuchar todo un estadio cantando que “no hay visa para un sueño” o que “no hay electricidad en los hospitales” con Juan Luis Guerra o las letras de María Elena Walsh con sus canciones infantiles y políticas?
Mi manera ha sido la ternura.
Un beso grande,
Marta




